La playa no nos pertenece

Pese a lo mucho que estoy disfrutando este periodo de mi vida en la zona de la costa amalfitana, no puedo ignorar la tristeza y el horror que me produce la transformación que ha experimentado la región desde hace poco más de un mes: las numerosas amplias playas del lugar, antes vacías y accesibles, están ahora cercadas y ocupadas en su totalidad por ringleras de tumbonas y sombrillas perfectamente alineadas que una debe alquilar si quiere gozar del privilegio de ir a la playa. Las hay quienes incluso reservan con un día de antelación, para garantizarse una buena tumbona en la línea de playa, entre el mar (más fresco) y el bar (mayor rapidez en el servicio de bebidas).
La idea de privatizar una playa, además de indignante, resulta del todo ridícula. Este paisaje de mar, arena y rocas, hogar de todo un ecosistema marino, es fruto de la mano paciente y generosa de la Naturaleza, motivo por el que debería ser objeto del debido aprecio, respetado y protegido como bien común (no exclusivamente humano). El hecho de que algunos individuos de nuestra especie lo hayan cerrado al público para tratar de enriquecerse a su costa —y que las autoridades locales lo permitan— tan sólo confirma lo infinito de la codicia humana, con su imparable onda destructiva, y cuán deshecho se encuentra nuestro vínculo con el mundo natural, al cual pertenecemos por mucho que nos esforcemos en fingir que no es así. Prueba de ello es que prefiramos sentir nuestra piel contra el plástico inerte, cocktail en mano, en un ambiente controlado y artificialmente organizado, a experimentar la naturaleza viva del entorno marino: jugar con los granos de arena entre nuestros dedos, sentir las gotas saladas que se evaporan al calor del sol, y la fuerza de las olas que arrastran nuestro cuerpo en el agua, caminar descalza por las formaciones rocosas (no libre de dolor), o dejar nuestras huellas por la franja de arena húmeda… todas ellas sensaciones que ninguna cantidad de dinero puede comprar.
Pero este paisaje de mobiliario plástico y simetría artificial en el medio natural muestra algo más que la codicia y la desnaturalización del entorno, es la imagen de la obstinación humana: la hostelería italiana se resiste a toda evidencia de cambio, y en su lugar se prepara para la llegada de turistas con el convencimiento de poder retomar su actividad habitual al cien por cien, como si nada hubiera sucedido. Y, en efecto, pese a que la amenaza del virus continúa al acecho, las turistas no se hacen de rogar. Son muchas las personas que se suben a un avión para escapar unos pocos días a la playa; su desesperación por tener vacaciones es tal que hasta parecen aceptar con alivio el tradicional impuesto revolucionario para turistas, ese que tasa con un coste excesivo todo producto turístico. Con o sin covid, las vacaciones continúan siendo el derecho inalienable de la clase media europea al que ninguna está dispuesta a renunciar. Tal y como sucedía en la “vieja normalidad”, satisfacer los deseos individuales está por encima de toda consideración social o ecológica sobre el impacto de nuestros actos. El turismo de masas ha vuelto.
Tantos meses de adaptación, tanto tiempo para la reflexión, y no parece que hayamos aprendido nada. Quizá no debería sorprenderme que así sea, pero esta vez, ingenua de mí, tenía mayores esperanzas en la especie humana. Al fin y al cabo, hemos sido partícipes de una demostración de solidaridad sin precedentes, al modificar nuestros estilos de vida para proteger tanto a seres queridos como a completas desconocidas por igual, lo que prueba nuestra capacidad de trabajar juntas por un bien común, de priorizar la persona a lo material. Además, se ha hecho evidente que el decrecimiento de nuestra actividad económica y el aumento de un modo de vida local permite una recuperación veloz de flora y fauna y reduce nuestra huella negativa en el planeta, hecho que debería llenarnos de esperanza, al tiempo que nos da pistas sobre las buenas prácticas para el futuro.
Por un instante, parecía que la vivencia conjunta de esta situación tan fuera de lo común estaba asentando las bases para una vida más comunitaria, basada en una ética del cuidado (de una misma, de otras, del planeta) por encima del individualismo destructivo. Pero basta un vistazo a la costa amalfitana, llena de gente de todas las nacionalidades, acomodada en una tumbona de pago, cocktail en mano, para comprobar con decepción que el modelo de mercado capitalista persiste, y que el egoísmo sigue guiando nuestro modo de vida. Business as usual.






