Aculturadas

Ahora que mi trabajo se ha visto interrumpido por las circunstancias que estamos viviendo, dispongo de todo mi tiempo para usar a voluntad, por lo que, sin dejar de lado un par de cursos en la universidad (que sigo a distancia), me estoy dedicando a reducir esas listas de películas y libros por descubrir que he alimentado durante años.
Muchos de los títulos pendientes se corresponden con clásicos o creaciones de culto que toda amante de la cultura “que se precie” debe conocer. Otros son recomendaciones de amigas, de otras artistas, o los he sacado, a su vez, de listas de internet. Ser una persona “culta”, hoy en día, es todo un reto: tienes que estar familiarizada con toda la producción artística, desde los antiguos griegos hasta lo último de Marvel, conocer a los defensores y detractores del psicoanálisis (más prolíficos que la propia producción freudiana de la que parten), y ser capaz de nombrar tres directores de cine asiático independiente.
Sin embargo, pese a mis deseos de empaparme de cuanta cultura me sea posible, hay un elemento común en todas sus manifestaciones que me genera cierto rechazo, y es que la cultura es eminentemente masculina.
La cultura es un producto del hombre. No del ser humano, no. Del hombre. La mujer poco, o nada, ha tenido que ver en su creación y desarrollo, pues su participación en la misma ha sido vetada, o convenientemente borrada de los anales de la historia. Como en tantas otras ocasiones, no se trata de una falta de talento o de capacidades por parte de las mujeres. Si las estructuras existentes en las sociedades son patriarcales, ¿cómo no va a serlo toda la producción cultural que de ellas resulte?
Se deduce así que lo que entendemos por cultura, es, por definición, machista, ya que en todos sus siglos de creación ha estado alimentada por los hombres y su percepción androcéntrica del mundo (en donde, como su propio nombre indica, el hombre se sitúa en el centro de la sociedad, siendo “hombre” equivalente a “humanidad”, mientras que la mujer queda reducida a simple figurante). No es casualidad que los grandes artistas de la historia —directores de cine, escritores, pintores, poetas…—, sean siempre hombres. “Las mujeres tienen que estar desnudas para entrar en un museo”, indicaba el colectivo Guerrilla Girls, denunciando la falta de mujeres artistas, que sí parecen, sin embargo, triunfar en el rol de musas. A lo largo de la historia, los hombres nos han reducido a objeto de contemplación; ellos son creadores, nosotras, creación.
Las implicaciones de esta ausencia de la mujer en las Artes van mucho más allá de una desigual representación de los sexos; el imaginario colectivo resultante refleja una realidad alienada, carente de referentes femeninos con los que una mujer de la vida real se pueda identificar. Admitámoslo, ¿cuántas de nosotras nos reconocemos en las representaciones de la “cultura general”, en donde las mujeres son superficiales, pasivas, cuerpos vacíos que esperan ser llenados por un hombre? Si, durante siglos, han sido exclusivamente los hombres quienes han detentado el poder de crear, no es de extrañar que las imágenes resultantes muestren la realidad desde la visión masculina, obliterando aquella de la mujer.
La importancia de las imágenes no se limita a su capacidad de reflejar la realidad, sino que, a su vez, contribuyen a los procesos de reproducción de la misma, conformando (y limitando) la visión de quienes las observan. Por tanto, para las mujeres de la vida real será muy difícil pensarse de un modo distinto a como lo recoge el imaginario social. Incluso ahora que, al fin, más y más mujeres llegan a convertirse en creadoras, sólo unas pocas logran romper con las imágenes institucionalizadas; la mayoría, para poder alcanzar tal estatus, ha debido incorporar las reglas creativas imperantes, a saber, aquellas ideadas por los hombres. Todavía se hace de rogar una ruptura con la tradición cultural androcéntrica.
Como feminista y amante de la cultura, sufro grandes contradicciones internas sobre qué hacer ante esta evidencia. Me resulta imposible ignorar la carga machista presente en prácticamente todos los productos culturales aclamados por la crítica, incluso en muchos que otrora disfrutara; los encuentro tediosos, repetitivos, en ocasiones ofensivos… en especial, desde que he aumentado de forma consciente mi consumo de obras de creación femenina.
Lo que comenzó como una auto-imposición para equilibrar mi educación cultural y compensar años de dominio masculino, se ha normalizado hasta tal punto, que en los últimos meses he rehuido de toda creación firmada por un hombre, por falta de interés. En el trabajo de ellas he hallado un extenso universo al que sí pertenezco; en sus relatos encuentro voces que podrían ser la mía, experiencias que forma parte de la cotidianidad de ser mujer, personajes del mundo real, imperfectas, desorientadas, que no pretenden tener todas las respuestas, personajes con proyectos de vida propios y suficiente autonomía para tratar de llevarlos a cabo.
Las creadoras femeninas enriquecen la cultura con temáticas y puntos de vista nunca explorados por la tradición masculina, sus obras se alejan de las grandes epopeyas varoniles para dar vida a historias íntimas, cercanas, que apelan a lo más humano que hay en nosotras.
¿Significa eso que debemos descartar toda la producción cultural anterior por su sesgo machista? Sin olvidar que sí ha habido algunos hombres que han sabido representar el otro lado de la sociedad, ignorar la cultura desarrollada por el hombre supondría suprimir toda la historia de la humanidad. En su lugar, conviene que adoptemos una perspectiva crítica hacia todo el panorama cultural y que abramos la puerta a todas las voces creativas, no sólo la de los hombres. La idea misma de “cultura” resulta cuestionable cuando la realidad de la mitad de la población mundial permanece sistemáticamente excluida de ella.